ALEJANDRO PÉREZ LUGÍN
compostela

DON CLETO TRONCOSO PEQUEÑO

29 de mayo de 2017

Nació en Santiago en 1846 y murió en la misma ciudad en 1922. Se graduó en Leyes en 1871 obteniendo el doctorado y en 1876 la cátedra de Derecho Romano de la Universidad de Oviedo. Pasa a la Compostelana donde desempeña la cátedra de Derecho Civil y con posterioridad es nombrado rector entre 1906 y 1919; y rector honorario hasta su muerte en 1922.

En la política simpatizó con el liberalismo y con las directrices de Montero Ríos. Fue senador por Pontevedra y alcalde de Santiago entre 1891 y 1893 y entre 1893 y 1895. Y presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País entre 1899 y 1906.

Fue amigo de Alfredo Brañas.

Lugín dice que estaba en posesión de «el arte de la cátedra». La afirmación de que algún profesor poseía «el arte de enseñar», «el arte de la cátedra» o «el arte docente» como también escribe en uno de sus libros Rodríguez Carracido, no era baladí porque muchos profesores destacaban por lo que no hacían. Pasaban una interminable lista para cubrir el tiempo, leían los apuntes, o tomaban la lección del día con el estudiante sentado en su lugar del anfiteatro y sosteniendo el libro entre sus rodillas o siendo soplado como cuenta don Alejandro. Y a más y sin mayor problema repetían el temario un año tras año. Por esta última razón los profesores que deseaban hacer notar su dedicación publicaban sus programas razonados; una subliminal manera de reafirmar en que sus clases se iban a impartir con aplicación.

D. Cleto Troncoso Pequeño, Alcalde de Santiago (1891-1895) y Rector de la USC (1906-1919).

En la novela Lugín refleja el ambiente de un aula en que un estudiante, Samoeiro, es soplado por uno de sus compañeros. Escribe Lugín: «—¿Y qué tiene que ver [Samoeiro] con los señores ostrogodos? || —Es que un día en clase de Historia habló de los “ostrógodos”. Yo, que estaba a su lado, le corregía en voz baja: “ostrogodos, ostrogodos”, y él se volvió a mí, muy serio, diciéndome [...] “Eso de ostrógodos lo será usted”» [...] y desde entonces en Ostrógodo se ha quedado Samoeiro».

Lo que no aclara el espabilado de don Alejandro es la razón por la que le impone el apellido de Samoeiro.

En el siglo XIX y con una lengua que era inestable y que todavía se hablaba sin fijar, el término samoeiro, samueiro, venía a ser un símil de sahumerio, humo que se usa para purificar; y por derivación el objeto ennegrecido, ahumado o curado por el humo.

Conociendo la catadura vital de Lugín y la fama de los embutidos y jamones ahumados de la Puebla de Brollón y de Lugo en general no sería de extrañar que al buen Samoeiro le endilgara este apelativo por su potencial cualidad de montañés puesto al humo y al calor de la fogata.

Vuelvo. El samoeiro además de ser un nombre alternativo al del árbol y madera del ameneiro, que se utilizaba en el lar, es una metáfora del olor a humo.

En el XIX todos los paisanos y muchos compostelanos tenían sus ropas impregnadas por este aroma que provenía de las labores cotidianas del fuego: con el que se cocinaba, se hacía la herrería, se calentaba una cama o el agua para el baño, se fabricaba el chocolate, se planchaba, se hacía tasajo... y demás minucias. Samoeiro debía, debía, apelarse así porque viniendo de la bella Puebla del Brollón, olía al humo que en las villas lucenses todo lo impregnaba y no al Varon Dandy y Abrotano Macho que en el próximo futuro les aspersarían en la barbería a todos los estudiantes y ciudadanos compostelanos para disimularlos durante unas horas.

Don Cleto era un profesor con fama de riguroso examinador. Escribe Lugín: «—No pases miedo, vidiña; ya te hice una novena a Santa Rita para que te saque con bien de las manos de ese Milhomes tan malo, y he empezado otra a San Antonio para que te apruebe Troncoso».

En fin, volviendo al denominado arte de la cátedra, transcribo lo que también dice don Alejandro en su novela: «Eran contados los que, como don Ramón Peña, Angelito Pintos, Ramiro, don Cleto y don Adolfo tenían el arte de la cátedra y sabían hacer estudiar a sus alumnos».

Desde aquí vaya mi felicitación a don Cleto y a todos los profesores y maestros que hayan conectado con sus alumnos.

Mi cumplido y empatía a todos aquellos que han vivido los momentos mágicos en que el auditorio y el profesor se convierten en uno solo. 

Después de la publicación de La Casa de la Troya Santiago le rinde un homenaje a nuestro entrañable Pérez Lugín, en el que participa don Cleto Troncoso. Entre las actividades que se llevaron a cabo figura un recuerdo a los troyanos escenificado por Lugín, que el 6 de octubre de 1915 entra en la clase de Peña, aula 4.ª, y a tal efecto se sienta en uno de sus bancos cual si fuera uno de los estudiantes de antaño.

 

Lucindo-Javier Membiela

Matías Membiela-Pollán

*Imprenta de la Gaceta. F. Tafall, hermanos. Santiago de Compostela, 1895. Archivo Municipal de Santiago.

Foto
The House of Troy
OBRA PREMIADA POR LA REAL ACADEMIA DE LA
LENGUA ESPAÑOLA
Edición de Lucindo-Javier Membiela
Ilustraciones de Cristina Figueroa