Los caloríferos estaban hechos de latón y cobre; las estatuas y sobre todo la de Méndez Núñez del buen bronce que procedía de los cañones en desuso del Ejército; mientras que las esculturas de las damitas, que en espíritu se asemejaban a las diosas griegas y romanas pintadas por Alma Tadema y que lucían de tenantes en la escalera principal del Casino de Caballeros, eran de bronce o de peltre.
Pero había otras figuritas que a don Alejandro le llamaban la atención y ante las cuales se le revolucionaba la soma. Los frutos de sartén que se hacían con los moldes que fabricaban los hojalateros. Cinc. Don Alejandro y los troyanos vivieron el mundo del herrero. Sabían como olía el caldo fundido de cada metal y habían respirado el humo de la forja.
Este oficio, daba un buen pasar. Válgame como ejemplo el de las alcuzas que siguen utilizando en la misma Compostela y en las pulpeiras de Mellid y de Arzúa y de Sada y de Bergantiños y en San Froilán y en la Virgen de los Remedios de Orense y en el Bierzo y en la Maragatería y en Oviedo y en Salamanca y en Pamplona y en Bilbao.
Uno de los últimos hojalateros santiagueses que se mantuvo en este negocio, con tienda abierta, estaba situado en el Camino Nuevo compostelano.
Era un excelente profesional que vendía al mayor y al detalle; también surtía a los arrieros que hacían la ruta vendiendo y comprando cualquier objeto que entrara al trato. Recordaré que décadas atrás un maragato había comprado la Biblia que por España divulgaba George Borrow —don Jorgito el Inglés—, cuyos cuadernos de ruta fueron traducidos en el primer tercio del siglo pasado por el ex presidente Manuel Azaña. El maragato tenía la intención de venderla, tomo a tomo, a todo aquel que osara comprarle.
Los arrieros gallegos, y los levantinos y los andaluces o los de Cantabria, de Francia, Estados Unidos o Alemania y en particular los compostelanos se comportaban como los antiguos holandeses, herederos de los vikingos, que fueron denominados los Barrenderos del Mar; porque iban comprando y vendiendo en cabotaje; fondeando en las bahías y surgideros e incluso acodándose a otros barcos en alta mar.
Creo recordar que por aquellas fechas de los años setenta, y antes de mi marcha a un colegio mayor madrileño, algún otro hojalatero también estaba radicado en San Pedro.
En fin, el oficio de hojalatero es de aquellos que se denominaban de primera 8sencilla) instalación. La manufactura no ofrecía grandes dificultades por lo que cada villa tenía los suyos.
Lucindo-Javier Membiela
*Extraído del glosario a la Edición Mayor de La Casa de la Troya, de próxima publicación.
*Anuncio del periódico País Gallego (1890).