ALEJANDRO PÉREZ LUGÍN
compostela

LA CASA DE LA TROYA Y EL LATIDO PERENNE DE SANTIAGO

3 de noviembre de 2010

 

(En memoria de la visita de S.S. Benedicto XVI. In Memoriam de su visita a Santiago de Compostela, Centro de la Cristiandad. Noviembre 2010)

 

LA CASA DE LA TROYA Y EL LATIDO PERENNE DE SANTIAGO

José María Díaz Fernández
Deán de la S. A. I. Catedral de Santiago de Compostela

 


Ya es sorprendente que las reconocidas limitaciones literarias de La Casa de la Troya se hayan visto superadas por un largo centenar de ediciones. La sorpresa aumenta cuando se comprueban, además, las versiones teatrales y cinematográficas de que la obra ha sido objeto. Ni siquiera se puede decir que su ciclo editorial esté clausurado: siguen las ediciones en nuestros días, y buena prueba de ello es la de Camiño do Faro, con originales ilustraciones que algo demuestran: La Casa de la Troya sigue propiciando visiones reavivadas de las cosas y de los personajes que las animan.
La publicó Pérez Lugín en 1915, en la lozanía de sus 35 años, cuando los recuerdos de su vida compostelana ya se habían sedimentado suficientemente en su alma, sin perder ni un ápice de su primer frescor. La trama elemental de un amor arribado a casamiento, con sus búsquedas y sublimaciones, altibajos e intrigas, bien poco tiene de original: responde a la común cuadrícula de tantas otras novelas de la época perfectamente colocables en cualquier “biblioteca de buenas lecturas”. No producen fascinación los protagonistas, ni nos inducen a un seguimiento comprometido de sus gozos y percances. Ni siquiera nos topamos con algunos pasajes literariamente antológicos, lo cual, a la verdad, también puede tener su lado positivo... Pérez Lugín tuvo que ser muy buena persona: en sus páginas no hay la menor intención de asombrar al lector.
¿Cuál es entonces el secreto de tal frescor? Traducid en otras tantas acuarelas el orvallo paciente, que lentamente todo lo empapa, el agua que llueve a raudales sobre la ciudad acompasándose al lloro silencioso del corazón, el pintoresquismo académico en aulas con luz escasa, la sacra penumbra de los templos, los caldos humeantes de las casas de estudiantes, el colorido bullanguero de una juventud aventurera y amistosa, el paisaje colmado de eterno verdor... La sorpresa pone temblor en los pinceles, porque Compostela es vista con los ojos nuevos de un madrileño apesadumbrado de entrada para seguir hasta el fin el camino inexorable de tantos otros que en Santiago entran llorando para salir, al cabo del tiempo, llorando desconsolados.
Pérez Lugín falleció a los 56 años, cuando seguramente aún no se le habían depurado del todo las impresiones primeras: todavía no se había obrado en él, por decirlo de otro modo, la purificación de la memoria que suele llegar con las luces crepusculares. Porque las obras que en los recuerdos se cifran, necesitan del oro otoñal que los muchos años comportan, cuando hasta las mismas vanidades se vuelven inocentes y circunstanciadas. ¿No nos habría ofrecido entonces otras perdurables estampas de sabios acrisolados, de eclesiásticos egregios, personas encantadoras y con una cortesía tal que parecen aristócratas venidos a menos? En el Santiago de los comienzos del XX, claro que las había, cómo no. Pero Pérez Lugín sólo nos ofrece lo que en sus años estudiantiles acertó a vivir, y viene a ser para nosotros una síntesis elemental de las vivencias estudiantiles más comunes en el acontecer compostelano de entonces. Así, se nos evitan adentramientos profundos, y el hilo conductor discurre a través de lo ameno y de lo fácil, produciéndonos distensión y regocijo.
Hay algo más. La Casa de la Troya vale más por lo mucho hermoso y bueno que sugiere, que por lo que en realidad nos cuenta, como suele suceder cuando se transmiten recuerdos limpios y veraces. Todo se mueve tocado de honestidad y buen sentir, descubriéndonos los atractivos del bien y hurtando cualquier simpatía a la bribonería abyecta. La generosidad hace su aparición en cada esquina, y son precisamente los jóvenes estudiantes quienes mejor la protagonizan, prontos siempre a socorrer y aliviar: el auténtico compañerismo, pletórico de solidaridad y desconocedor de la envidia.
Diríase, por lo demás, que la Compostela profunda es ignorada por la estudiantina advenediza del momento, ajena al garimoso sentir de los santiagueses de siempre para quienes la ciudad se llama «Santiago», y el Santo es sencillamente «El Apóstol». Quizás la juvenil superficialidad al respecto, lejos de haber disminuido resulte más palpable en nuestros días. Castelao, que, por cierto, ilustró la portada de la primera edición de La Casa de la Troya, nos ha dejado, y no para esta obra, un dibujo genial, harto ilustrativo para nuestro caso: el del boticario de no sé qué lugar lejano de Galicia, que comenta sin rebozo con su cliente: «Pues yo, en los años en que viví en Santiago, nunca llegué a visitar el Pórtico de la Gloria». A tanto no llega Pérez Lugín. Él sí que contempló el Pórtico, si bien poco enterado de datos elementales, ya puestos entonces al alcance de todos por López Ferreiro y otros en publicaciones muy asequibles. El dato parcial, la nota leve no exenta de picaresca ―¡oh la enigmática sonrisa de Daniel!― bastarían para impedir el vuelo, si no acudiesen, socorredores, los conocidos versos de Rosalía de Castro. Falta, por tanto, la intensa vivencia de lo bello.
Más desvaída resulta aún la evocación de las solemnidades litúrgicas en la Catedral, aromatizadas por el gran incensario movido al son de las chirimías. Puntuales resuenan los conocidos versos de Víctor Hugo, traducidos al castellano en una cuarteta. Pero falta la regia trompetería del órgano, y no hay rastro de las sonoridades polifónicas de la Capilla dirigida por un gran Maestro... Sólo las leves pinceladas de alguna procesión mitrada por el interior de la Catedral (¿saben los de hoy qué fue eso?) sin que ni siquiera se haga mención del arzobispo del momento, nada menos que el Cardenal Martín de Herrera. ¿Se enteró del existir de otros eclesiásticos que rayaron a gran altura en los campos de la Teología, el Derecho y la Historia? La estampa apacible de algún confesor traspasado de paternal comprensión viene para contrarrestar otras semblanzas clericales grotescas, seguramente celebradas por la estudiantina burlona.
No considero deseable que La Casa de la Troya sea objeto de nuevas versiones cinematográficas, porque actualmente sólo parecen pensables mediante otros desenvolvimientos que la alterarían sustancialmente con calculados espacios de violencia y erotismo.
Cabe preguntar, finalmente, si, leída La Casa de la Troya, queda pendiente algún interrogante que nos obligue a pensar. Pruébelo cada lector y respóndase si es que en buena hora son idos aquellos personajes y ambientes, o si verdaderamente se mantiene el pulso de la Compostela eterna. Por mi parte, y un tanto ayudado también por lo mucho que La Casa de la Troya sugiere, repito una vez más que no hay ciudad comparable para vivir ni para morir.
Excepto mi Mondoñedo natal, claro.


JOSÉ Mª DÍAZ FERNÁNDEZ
Deán de la S. A. I. Catedral de Santiago
 

 

*Artículo de don José María Díaz para la Edición Mayor de La Casa de la Troya, de próxima publicación.

*Don José María Díaz, Deán de la S.A.I. de Santiago de Compostela y don Lucindo-Javier Membiela en la Biblioteca del Archivo Diocesano de la Catedral.

Foto
The House of Troy
OBRA PREMIADA POR LA REAL ACADEMIA DE LA
LENGUA ESPAÑOLA
Edición de Lucindo-Javier Membiela
Ilustraciones de Cristina Figueroa