Los fondeaderos del siglo XIX, los de San Sebastián, Santander, Gijón, Ribadeo, el de Noya que era del Obispado de Compostela, Coruña, Vigo, Barcelona, Málaga, Alicante y las villas anexas con casas y un almacén-atarazana, con asiento para arranchar los barcos de madera que se construían en los cómaros y entrar y salir del mar mediante bancales y gradillas, tenían una desorganización muy jerarquizada. El pescador, en muchos casos descendiente de los antiguos marineros que de siempre anduvieron a la pesca del congrio, la merluza, la sardina, lenguado, sardas, calamares, bonito, lubinas en un mar tan feraz como el del Cantabrico y Sada, y al corso, y a la pesca del bacalao y a caza de la ballena, pertenecían a la gente brava.
Los armadores y los agioteros eran gente dura.
Los salazoneros eran gente mandona y seria.
Y los arrieros que llegaban al trato para comprar una carga de pescado cecial, en escabeche o prensado eran gente directa.
Los consignatarios eran los señores, los caciques, los que pagaban el jornal, los que bebían y comían a capricho y más; mientras que a los demás oficios de la mar, una de las profesiones más duras del mundo, andaban los capitanes, los aventureros, los duros marinos ... y los niños-chicos que entraban de grumetes en Londres o se salían de charranes en Cádiz y de rillotes en Tuy.
Desde los barcos de vela o a vapor y vela y por la gracia de la fuerza a brazo partido, palancas y guindastre, se descargaba la mercancía en las barcazas y las chalupas, que después se aproximaba a la playa donde con frío o calor la coya la diponía en los carros de bueyes que se entraban hasta las barcas por unas correderas hechas con tablones. A continuación, la mercancía se transportaba a las lonjas y allí comenzaba otra historia; que podía acabar en unas cajas en las que se entremezclaba la paja, el hielo y el pescado y que se cargaba, en Carril, en el ferrocarril El Compostelano para enviarlo a Santiago; desde Sada se cargaba en tartana o en lancha hasta Coruña o desde Coruña se mandaba por tren hacia Madrid.
En lo que se refiere a La Casa de la Troya, los transportistas, llámense arrieros, tenían su propio barrio y las cuadras y los pesebres a lo largo de Concheiros, San Pedro y la Vía Francígena; y también en el barrio de Galeras, Huertas y Carretas.
El porteo en largo trayecto lo hacían los arrieros, los ordinarios, los mayorales, los maragatos y los carromateros, anda que te anda en recua, galera, diligencia y carruajes en general. Mientras que para el trayecto corto se utilizaban las tartanas, los mandaderos, las jaquillas y los asnos.
Poco a poco, el barrio de San Pedro, que era tributario del beneficio que le producía el transporte a fuerza de sangre en la línea de Madrid-Astorga-Lugo, del contrabando que entraba desde la franja de Muros por la Rúa de Galeras, del grano de Bergantiños, de la carga de los productos estancados que provenían de Coruña y de los depósitos en Pontecesures, fue desplazado por la estación de Cornes y la estación Coruña-Madrid. La mercancía marchaba en tren y los arrieros de largo recorrido encontraron su finiquito; asidos durante unas décadas a las líneas transversales que el ferrocarril no cubría.
¡Qué le voy a contar a usted! Con la llegada del tren ferrocarril desapareció un apasionante estilo de vida. En otros epígrafes y en lo que le corresponde a Compostela volveré a la gente del camino.
Lucindo-Javier Membiela.
Matias Membiela Pollán.
*Grabado siglo XIX. Vista de la ciudad de Coruña, Biblioteca Fembiella Art´s..
Al paso de los años, los descendientes de estos arrieros, ricos y de reata o rueda, se pasaron a la cria, compra-venta y alquiler, de los tiros completos para las diligencias de travesía o bien se hicieron: comerciantes, fabricantes de chocolate al modelo del gran Uría de Coruña o de los chocolates Lopez que se extendían por toda España, propietarios de ultramarinos, empresarios (capitalistas, tal como se decía en el siglo XIX), o profesionales y politicos reconocidos.
En uno de los casos que me toca de cerca un capitalista de las Mariñas y Tierras del Mandeo (en Sada-Bergondo) con una tradición familiar y secular en esta tierra y el entramado gallego-leones, y nacido en el siglo XIX en la Somoza que conocí, - que manejaba telas e importación de tejidos, almacen de vinos al mayor, armadura de barcos, fabricas de salazón para la distribución en España y la exportacion, foros y la administracion de diversas propiedades-, se diferenciaba de un maragato o arriero o -arriero maragato- (porque arrieros los había en todos los pueblos, villas, ciudades y comarcas) : en la distribución de su casa, sus usos e intereses y su exposición activa al camino..
En los papeles y actas casi arqueologicos que de este industrial pude rescatar y que en aquellas fechas del XIX y principios del XX procedían de la mano de los escribientes aparece de vez en cuando el apunte "paguese al maragato"...Lo que viene a confirmar lo expuesto y que tantas veces comente con mi inolvidable canonigo y archivero de la catedral y obispado de Astorga don Augusto Quintana, que diferenciaba en aquella tierra vecina a Galicia y que atraviesa el bienamado Camino de Santiago las grandes casas que eran de "Comerciante" y las que eran de "Arriero Maragato"; sin que tal diferencia implicara alguna jerarquización social e incluso una atribución apelativa exacta. Es mas, el hijo del denominado maragato en los apuntes contables rescatados llego en estas tierras gallegas a alcalde de su villa, decadas despues de que lo fuera uno de los dos hermanos que manejaron, primero en herencia y después por su empuje, aquel foco local del siglo XIX, que engrandecieron hasta los años sesenta en que lo fueron cerrando debido a su provecta edad.