El cementerio de San Amaro, en A Coruña, acogió el 5 de septiembre un homenaje a Alejandro Pérez Lugín coincidiendo con el centenario de su fallecimiento. El escritor murió el 5 de septiembre de 1926 en O Burgo y fue enterrado en el cementerio coruñés, donde su sepultura está presidida por la escultura yacente realizada por Bonome.
El acto fue promovido por la Asociación de Antiguos Tunos Compostelanos y el Museo Casa de la Troya, con la colaboración de la Tuna de Veteranos de A Coruña y la Asociación de la Prensa de A Coruña. Ante la tumba del escritor intervinieron Benigno Amor, presidente de la Asociación de Antiguos Tunos Compostelanos; Domingo Álvarez, presidente de la Tuna de Veteranos de A Coruña; Doda Vázquez, presidenta de la Asociación de la Prensa de A Coruña; el historiador y divulgador Suso Martínez, y Matías Membiela Pollán, editor de Camiño do Faro, sello especialmente vinculado a La Casa de la Troya a través de sus distintas ediciones y de la recuperación y difusión de la obra de Pérez Lugín. El homenaje concluyó con una oración y con la interpretación de diversas piezas por los Troyanos de Compostela y la Tuna de Veteranos de A Coruña.
Precisamente, la extraordinaria pervivencia de La Casa de la Troya constituye una de las mejores medidas de la importancia literaria de Pérez Lugín. Publicada por primera vez en 1915, la novela conoció un éxito inmediato y fue distinguida con el Premio Fastenrath de la Real Academia Española. Las ediciones se sucedieron rápidamente y, a lo largo de más de un siglo, la obra ha superado ampliamente el centenar de ediciones, además de haber sido traducida y publicada en distintas lenguas.
Pero quizá resulte todavía más significativo que La Casa de la Troya, más de ciento diez años después de su aparición, continúe editándose, vendiéndose y encontrando nuevos lectores. Su historia editorial no pertenece únicamente al pasado: distintas editoriales han seguido recuperándola y poniéndola a disposición del público durante las últimas décadas.
Una de las razones de esta permanencia puede encontrarse en la singular unión que Lugín consiguió establecer entre sus personajes y Santiago de Compostela. La amistad, el compañerismo, el amor y la fraternidad de los estudiantes aparecen fundidos con las rúas, la Universidad, la Alameda, las pensiones y el paisaje de una ciudad de piedra que termina convirtiéndose casi en un personaje más de la novela. Pocas obras han conseguido identificarse de manera tan duradera con una ciudad.
Lugín, sin embargo, fue mucho más que el autor de La Casa de la Troya. Periodista, cronista, crítico taurino bajo el conocido seudónimo de Don Pío y también vinculado al nacimiento del cine español, dejó una producción en la que Galicia y Andalucía ocuparon un lugar fundamental. Junto a su gran novela compostelana se encuentran títulos como La corredoira y la rúa, Currito de la Cruz, Arminda Moscoso o La Virgen del Rocío ya entró en Triana.
Su relación con Galicia fue además mucho más profunda que la proporcionada por su literatura. Aunque nació en Madrid en 1870, su madre era compostelana y Pérez Lugín vivió desde joven en Santiago, donde estudió Derecho y conoció directamente el ambiente universitario que años después recrearía literariamente. A lo largo de su vida mantuvo una estrecha relación con Galicia y pasó temporadas en las Mariñas coruñesas y en Alvedro y El Burgo (A Coruña).
El centenario presenta, además, una significativa coincidencia histórica. Pérez Lugín murió en 1926, en pleno Año Santo Compostelano, y cien años después su figura vuelve a ser recordada cuando Santiago se prepara para la celebración del próximo Año Santo de 2027.
El homenaje de San Amaro adquiere así un significado que va más allá de la conmemoración de una fecha. Un siglo después de su muerte, la continuidad editorial de su obra y la presencia de La Casa de la Troya en la memoria cultural compostelana muestran hasta qué punto Pérez Lugín permanece ligado a la ciudad que convirtió en literatura.
Cien años después, Lugín sigue regresando a Santiago. Y Santiago sigue regresando a las páginas de Lugín.
Matías Membiela Pollán