El dandy poseía la sabiduría del estar y un modo de arreglo que no se aprende en los libros, las revistas, los figurines y el mundo; aunque las veces cale en el hondo y mullido pozo de los petimetres.
En Santiago daba el contrapunto del hombre kistch el rebuscado Manuel Pallino, en la Rúa del Villar (?), que pasó de -tener una botillería, tienda de souvenirs, venta de libros muy antiguos y catedralicios (?) y gestos y ademanes y una elocución en extremo dulce y ambigua a querer definirse como un principe italiano-. Para lo cual se encuartó detrás de una cuidada faz y por negocio una anticuaria de soportal.
El verdadero dandy muchas veces es un señor, aunque le pierda su deseo de ser admirado por el público y su afán de reconocerse en un lenguaje oral, escrito, gestual y musical diferente al de los demás. Se ve a sí mismo como el más fino entre los finos..
Lugín cita a Gerardo, Casás, Javierito Flama —Puig Llamas—, Tamames, el Duque de Alba y al caballeroso y buen Samoeiro-Pardo Pallín-Brummel como hombres elegantes. Y tampoco se para en barras cuando se burla (?) de uno de los osos que rondan a Carmiña: «[...] embutidas sus morcilludas y callosas manos en unos endemoniados y atormentadores guantes de color amarillo rabioso y vestido con un inverosímil chaqué que hacía gracioso contraste con el sombrero ancho, desmañadamente derribado sobre el cogote, y los gruesos zapatones del infeliz [...] obligando al paifoquiño a guardar inéditas las posturas distinguidas y donjuanescas que minuciosamente le ensayaban en la posada».
Veamos como se debe vestir el joven protagonista Octavio de La muceta roja, que es una novela de la generación anterior. Las concomitancias con La Casa de la Troya son muy grandes. Incluso puede que el enfrentamiento entre Lugín y R. Carracido se haga notar en la sorna con que el segundo satiriza el gran escaparate de El Buen Gusto y por la contra el nombre que utiliza Pérez-Lugín para denostar al protagonista y gran orador de La muceta roja, Octavio el estudioso.
Pues bien, aconsejado por un amigo que en realidad no lo ve apto para la empresa de la conquista que se propone este le dice y nosotros lo recojemos: «[...] peínate como bien te parezca, pero sin rizar el pelo, abróchate la levita hasta el último botón, y no uses corbata de tirilla. Ese pañuelo que enseñas tan dobladito en el bolsillo del pecho, desdóblalo y guárdalo sin enseñarlo, y cuando compres camisas y guantes avísame [...]».
Las fronteras entre el elegante, el gomoso y el hortera eran resbaladizas y fáciles de franquear.
En el XIX una manera de manifestarse como fashionable entre las clases populares era la majeza. El vestido y el traje eran los mismos que los de oficio pero el cosido, las telas y la botonería eran de mayor aprecio, diferentes, exclusivos. Los gestos no eran los naturales del paisanaje de origen opuesto. No debían serlo y para ello se copiaban de las Ilustraciones españolas, inglesas, francesas y alemanas. La disposición del escorzo oyendo la pianola en "el tabernaculo" después de la cena y la mano al desgaire en el paseo en calesa por el jardín urbano tenían un tope en el que nadía se debería detener. ¡ El dandi desde luego que no!. Aquella majeza urbana tenía por prescriptores a unos paladines muy extremos que se exhibían en el puente y en el paseo, en la parada de tierra pisada, en los corralones de los arrabales, en los chabolos de los fondeaderos, en los palcos, en las salas de espera de las líneas de diligencia, en los bailes del gobernador, en las estaciones del tren y en los bailes del candil.
Los burgueses tamizaban la majeza y reducían el dandismo, la reconvertían en señoritismo y la daban rienda suelta en el paseo de la Alameda, en los cafés, en el teatro y en los bailes del Casino.
En ciertas ocasiones los caballeretes chic del XIX vestían una chaqueta de paño, un pantalón de ante, la camisa de color, la corbata de vivos colores y los botines de becerro blanco. Tal cual. Apesar de que la Pardo-Bázan afirmara que los estudiantes, los escolares, los estudiantes universitarios de aquel tiempo vivieran con lo justo; vease su nvela Pascual López.
Para cerrar este epígrafe recordaré varios motivos, extraños y a la vez muy propios de aquella sociedadd del XIX:
- algunos jóvenes salían a la calle en mangas de camisa, que portaban como un signo de distinción; lo cual podría ser el origen del vestido en las fiestas de verano del norte de España, desde Tuy- Galicia- Asturias- Leon- Santander-Castilla la Vieja- Navarra- la Vasconia- hasta Irun: Pantalon blanco, corto y blanco para los niños, y camisa blanca; en las mujeres falda blanca tableada o de vuelo y fruncida, y camisa blanca.
- la ropa escaseaba, por lo que en vez de cambiar los cuerpos de la vestimenta se sustituían los puños y los cuellos para los cuales las chicas tenían su fondo de armario y los jóvenes un baúl donde acumularlos;
- a mediados de siglo el estilo francés estaba asegurado por un originario de aquella nación con una industria muy boyante, semejante a la de Barrié en Coruña, y que se llamaba Fonquereut.
- En el año 1888 el estilo lo impone el catalán Antonio Rius.
- A finales del XIX comenzó a despegar el «yo interior» y se inició el sosegado pero elegante mundo de la representación burguesa.
- En aquel fulgurante underground la caricatura joco-seria fue un arma que atravesó muchos de los más destacados oficios y personajes revistiéndolos de animales y acusándolos así de una manera de proceder: a Cánovas de cangrejo, a los carlistas de fieros tiburones, a los ministros de ballenatos, a los jesuitas de calamares con tinta, a los diputados provinciales de tortugas, a los caballeritos de anguilas o de sorbetes, a los empleados de lapas y a los fashionables de pollos o atunes.
Lucindo-Javier Membiela Salgado
Matias Membiela Pollan
*Los dandis del XIX se denotaban por el cabello, el sombrero, el bigote, el chaleco, la levita y un atrevimiento carnavalesco.