Para algunos investigadores, don Adolfo Morís y Fernández-Vallín.
Excelente persona. Exigente con sus alumnos. Profesor de Derecho Internacional de la Universidad Compostelana y más tarde rector en la Universidad de Sevilla.
Parece ser que bajo el alias de don Bartolomé fue el romeo cutre que yendo a visitar a la paloma de sus maduros desvaríos le colocó a los troyanos el famoso duro falso. Que ellos mismos volvieron a pasar.
Escribe Lugín: «Pero a mal género, mala moneda. Tome usted ese duro falso y cóbrese —poniendo sobre el mostrador con un golpe violento el peso de don Bartolomé [don Adolfo]».
Don Barolome es un aquetipo de su tiempo. Las costumbres del siglo XIX eran disparatas. Tal cual la de los novios y de los casados, machos, que de cuando en vez acudían a las tascas que frecuentaban las peripatéticas y a los cafés cantantes de animus eróticus. Esta era la costumbre. Estos fueron los usos del XIX que ¿son connaturales al fértil carácter de don Alejandro Pérez-Lugin o son uno de los ocios podres de aquella sociedad?
En fin, Gerardo Roquer, una vez vuelto a Madrid tampoco se guarda de hacerle la gracia a las coristas: «Visitó los cuartos de las actrices, sus amigas, donde también esperaba ser recibido con alegría, y sólo encontró indiferencia. Unas le habían olvidado; otras no recordaban su nombre; las más ni se dieron cuenta de su ausencia, y las menos frágiles de memoria se permitieron burlarse de él, de Galicia y, esto fue lo que más le molestó, de las gallegas».
Este pecado era admitido como una banalidad social. Pues, la misma doña Segunda cuando hace la labor de caridad de la Conferencia de San Vicente acompañada por Carmiña, no encuentra nada raro en que Roquer y Barcala se paseen por los aledaños del cementerio que estaba al copo de gineceos. Incluso se permite una gracia ligera: «—[...] ustedes. ¡Sabe Dios a dónde irán por estos andurriales!».
Sin embargo las referencias que Lugin, en otra ocasión, hace de don Adolfo, el pinturero, son de encomio: «Pues para la primera clase llega usted tarde. Ándese con ojo pues don Adolfo no perdona las faltas», y «Eran contados los que, como don Ramón Peña, Angelito Pintos, Ramiro, don Cleto y don Adolfo [...] eran tan pintorescos [...] sabían tanto [...] y tenían el arte de la cátedra [...]», y «No pases miedo, vidiña; ya te hice una novena a Santa Rita y he empezado otra a San Antonio. Y más le he pedido a mi tío, que sabes que es tan bueno, que hable por ti a esa fiera de don Adolfo. Le he dicho que eres primo de una amiga mía y se ha reído mucho».
En la novela y en su expansión consiguiente aparecen una multitud de Adolfos: el profesor, el bueno de Pulleiro, y el cineasta Adolfo Aznar.
Labarta dice que Adolfo, en la novela don Bartolomé, era «un trovador errante con su violín en ristre». Entiendo que en el primer miembro de esta oración hay segunda intención.
Lucindo-Javier Membiela