ALEJANDRO PÉREZ LUGÍN
compostela

El capital financiero en Compostela a finales del XIX.

2 de octubre de 2009

A finales del siglo XIX los propietarios y los capitalistas —el capitalista don Juan Roquer—, eran muy valorados y respetados. Todo sujeto que perteneciera a este grupo, a este estamento por su mismo empeño o como heredero o hidalgo o título no arruinado, o a las naciones americanas, centroeuropeas o anglosajonas en que estos «seres privilegiados» pudieran brotar al pronto como hongos después de una exitosa lluvia, «oro, oro», o de una larga vida de trabajo, era mimado, obedecido y encumbrado; aun cuando sobre sus negocios surgieran las más terribles sospechas o sobre su cabeza sobrevolara la azarosa nube de la ruina; cual los señores Da Guarda, el Marqués de Salamanca y el príncipe Louis Philippe Marie Victor Sajonia-Coburgo-Saafeld Orleans de Borbón-Penthievré Reuss-Ebersdof y de Borbón Dos Sicilias y Austria (Leopoldo II de Bélgica). Don Alejandro como bon vivant y amante del ocio exquisito no tiene duda alguna. El padre de Gerado Roquer será capitalista por acciones, inversionista y agiotista del import-export; y además un buen suegro. Y el padre de Carmiña será un propietario de antiguo que porta apellidos tan ilustres como los de Salgado, Armero, Taboada, Castro, Vaamonde, Abadía; bien que con el de Armero, que por sangre también pertenece a Lugín, bautice a su pavero compañero de estudios, don Augusto.
Los capitalistas finiseculares arriesgaban su fortuna en la banca y la exportación, la fabricación y el transporte marítimo, los ferrocarriles —como el inglés Mould— y las minas sin que por ello la economía española, con la excepción de diversas comarcas de Asturias, Vasconia y Cataluña, dejara de ser mercantil.
Los burgueses no se arriesgaban. Santiago estaba deslocalizado. Galicia estaba fuera del circuito de compra-venta. Era impensable la gran producción y un arte aplicado al pie de un mercado que lo absorbiera.
Las exportaciones eran escasas y procedían de los obradores de la plata, el cuero repujado y las puntillas; de las fábricas de curtidos y de salazón. Se importaba casi todo; el cristal, las impresiones y las encuadernaciones, los muebles, las baldosas, los herrajes, los tejidos…
Santiago se desarrolló per se, porque a la larga fue y es una de las ciudades más emblemáticas de Europa. Pero fueron los cameranos de la Rioja, los maragatos, los palentinos de aquel siglo que no de otro, los vascos y los bercianos los que mixturados con los gallegos y tan hijos de Jabosland como el que más, los que sin deberse a sus escudos ni a sus compeljos de clase, le dieron el penúltimo impulso. A ello ayudaron, muchas veces como los primeros, los indianos que volvieron a su tierra; que a la segunda o tercera generación hicieron a sus hijos abogados y jueces, médicos y diputados y ministros.
Una breve lista de inversionistas e impulsores del capital financiero nos habla de los: Artime, Moreno y García Pan, Díaz de Rábago, Simeón García, De la Riva, Pérez Sáenz y otros.
Santiago se desarrolló per se y un poco más lentamente que otras ciudades y regiones porque en su economía el capital financiero, el acumulado para las grandes inversiones, el de la moneda signo y el que buscaba buenas localizaciones tardó en llegar.
Hoy, el capital financiero existe porque esa es una característica de nuestro tiempo y Compostela lo necesita porque, a pesar de estar geográficamente deslocalizado, hacia su tierra fluyen millones de consumidores. ¡Es de nuevo uno de los hitos, centros, de la humanidad!
Vaya como anécdota que las fábricas de curtidos eran necesarias y que el cuero tenía unos usos hoy impensables. Tal cual el de ser el material con que se hacía el traje de los pescadores que salían a las rías y alta mar.
 

Matías Membiela Pollán.

*Imagen del edificio que albergó el Banco Simeón. Hoy acoge el Archivo Histórico de la Universidad de Santiago.

 

Foto
La Casa de la Troya The House of Troy La Maison de la Rue de Troie La Casa de la Troya Edición Centenario
OBRA PREMIADA POR LA REAL ACADEMIA DE LA
LENGUA ESPAÑOLA
Edición de Lucindo-Javier Membiela
Ilustraciones de Cristina Figueroa

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