En las casas hidalgas la atención al laboreo en las estaciones de la primavera, del verano, el otoño y el invierno se seguía con la pasión de la gente que ama la tierra y vive de su buena administración.
Era una obligación.
Era una devoción, que durante unos días unía a los señores y a la familia que quedó allá en la aldea. Los hidalgos y los propietarios volvían a cobrar los foros de las tierras que les correspondían, a llevar el buen orden en la plantación de las suyas, a planear con el mayordomo de la casa la sementeira, ayudar en la cosecha del trigo, el maíz y la patata y a vigilar el asilado y trato de la uva, la miel, la castaña y la nuez.
Este uso, con el tiempo adoleció. El último vestigio de aquella costumbre, otro es el ademán con el que lo viven los paisanos de hoy, es la fiesta del patrón a la que retornan los que se fueron; pero nunca se marcharon.
En otoño, Compostela olía a vendimia, a vino criado, a castañas y nueces y a figos almibarados, cuya muestra en cestas, ollas y sacos traían los petrucios y vinculeiros de sus posesiones. En invierno seguía oliendo: a castañas frescas y pilongas e a fariña branca con las cuales se hacía la repostería de la casa y también el caldo; a naranjas, a limones, a manzanas y ciruelas; a pernil curado y a los chorizos y al renuevo de los jamones; a fartura; a Navidad, a besugo, a merluza, a galo, a pularda, a galiña e polo, a capon, a faisan, a flan y tocinilllo de cielo, a mazapan, a natillas, y a confitados. En primavera se desprendía el olor a la flor y a la fresilla que nacía a pie de tierra en los lugares más umbríos de la huerta de la casa; de los patios conventuales y de todas las moradas compostelanas, tal como la del Pozo que es la casa de la ventanuca en la Rúa del Villar y no la "casa de renta" vecina que agacha una sala de exposiciones plasticas; y por último y en carnavales el aire se preñaba del aroma a orejas y demás frutos de sartén, a filloas, a cocido gallego, a flan, a las primeras frutas de hueso, arroz con leche y a torres de caramelo. En el XIX y en Compostela, privaban los dulces aromatizados por la canela.

Confiterías Mora, Blanca y don Hilarión. Instrumentos manuales de oficio manejados en la trastienda.
Había calles como la de la Algalia de Arriba que siempre olían a jalea, y conventos como el de Belvís, la Enseñanza y Santa Clara en que el olor de la compota, los almendrados y las galletas de manteca trascendían al coro y a la capilla. Hoy en el zaguán principal del monasterio de San Paio, al arrimo del torno, cuelga o colgaba un reclamo que decía: «En este convento, no se venden dulces ni confites». ¡Bienaventuradas!
Vuelvo a lo que escribí en unas líneas más arriba. Entre la rua Nueva y la del Villar discurría un sendero que entraba por Riego de Agua en direción a Entreruas, al que daban los recunchos posteriores echados a huerta y cenador y jardín y pozo que presentaban las casas que ofrecían su frente a las ruas del Villar y Nueva. Parece que la autentica Casa del Pozo es la que asienta su primer piso sobre un soportal que sostiene una ventana-mirador en el lateral desde el que se resigue lo que nace y ocurre, uva madura y despues pasa, en la bella rua del Villar.
A este lugar llegaba, entrando en espera un batidor de San Caetano en su caballo llevando de un cabo atado al ronzal el alazan del comandante-medico; tal cual como en un generico simil lo pintó don Roman Navarro que por el equivoco de un critico, debido a que en la estampa también aparece una bella muchacha de servir, se denomina "Pelar la Pava". .
Por aquellos acogedores y arborescentes patios de luces, recunchos y hortales al aire libre que están hoy divididos por el cemento, la mampostería y los azulejos discurría el agua de los riachuelos de Compostela que de vez en cuando se remansaba preñada de renacuajos en la taza de una fuente o se vertía en una cava de tierra al pie de los muretes que separaban los oasis de las casas mas nobles y humanas del occidente europeo.
Lucindo-Javier Membiela.
Matias Membiela Pollan.
* En Galicia y en casa hidalga había más de cuatro estaciones o razones por las que los amos y la familia estaban en un continuo vaivén entre el pazo, el caseron o el lugar, y la villa compostelana, Vigo, Coruña, Orense, Pontevedra, El Ferrol, Mondoñedo, Betanzos o Monforte.