Un bazar era una tienda al menor o colmado en el que se vendía un amplio abanico de objetos, que podían ir desde un baúl de viaje o de habitación hasta el vino de cosecha del propietario. En la Compostela de finales del siglo XIX y principios del XX estos establecimientos formaban parte de un mundo comercial mucho más complejo de lo que hoy pudiera parecer y que Alejandro Pérez Lugín incorporó, con nombres y lugares reconocibles, al escenario de La Casa de la Troya.
El comercio compostelano presentaba entonces una curiosa correlación entre el origen geográfico de sus propietarios y el oficio al que se dedicaban. Mientras los ultramarinos eran manejados principalmente por los descendientes de riojanos y maragatos, las tiendas de tejidos, cortes de traje y ropa confeccionada, así como las casas de préstamo y banca, pertenecían con frecuencia a originarios del Bierzo y a riojanos en su versión de cameranos.
La explicación estaba, en buena medida, en las propias redes familiares. Cuando se reclamaba a un sobrino o pariente del pueblo de origen, se le dedicaba al mismo oficio que ejercía el reclamante; y así, cuando el mozo se independizaba, repetía la historia que había aprendido. De esta forma se perpetuaban no solo determinados negocios, sino también conocimientos, clientelas y relaciones comerciales.
Don José Luengo, por ejemplo, era maragato y tenía un bazar de ropas hechas en la Rúa Nova, 6. Don Aurelio Fernández, berciano de origen y que en Compostela trabajó en la Casa Simeón, al independizarse abrió varios comercios de ropa confeccionada en la ciudad del Apóstol y en Coruña. Estos señores y otros establecimientos como la Casa de Simeón García, en Santiago, desdicen la aseveración de que el éxito de El Corte Inglés y el de Galerías Preciados de Madrid se debiera a que fueron los primeros comercios que implantaron en España la ropa confeccionada. Mucho antes, este tipo de prendas formaba ya parte de la oferta de establecimientos compostelanos.
Na nosa Compostela, otro de los bazares que vendía ropa confeccionada era el de nuestro amigo Abollo.
Los bazares desempeñaban además una función especialmente importante para quienes emprendían largos viajes. Los emigrantes que salían de los fondeaderos de Levante y del Cantábrico —Cádiz, Gijón, Santander, Bilbao o Barcelona— estaban acostumbrados a comprar en ellos lo que se llamaba el baúl, en el que se acopiaba, todo a una, el ajuar menudo y mayor necesario para la marcha.
En Coruña lo compraban en Agary, que fue uno de los comercios que perteneció a doña Aquilina García Yáñez y que con posterioridad fue regalado a su hermano don Álvaro; de aquí el acróstico inicial. Esta familia de conocidos comerciantes y banqueros bercianos-santiagueses-coruñeses eran primos de García-Prieto, marqués de Alhucemas, y del ministro Gullón. Y así, cuando los hijos de la familia comenzaron sus estudios universitarios hicieron el recorrido inverso al del protagonista Roquer, pues desde Galicia pasaron a Madrid.
El mundo en que don Alejandro ambientó su novela no era unidireccional. Compostela recibía estudiantes, comerciantes y familias procedentes de otros lugares, al tiempo que sus propios habitantes y sus redes comerciales se extendían fuera de Galicia. La ciudad universitaria era también una ciudad de tránsito, de relaciones y de intercambios.
Fiofio, el bazar de los estudiantes
Entre aquellos establecimientos hubo uno que quedó especialmente unido al universo de La Casa de la Troya: el bazar de Fiofio.
Su existencia está tan documentada como la de la Librería Galí y era uno de los establecimientos en donde se surtían los estudiantes de Medicina. La oferta de Fiofio resultaba especialmente destacable debido a la vocación sanitaria de la ciudad, que hasta hace bien poco fue el centro médico sapienzal del noroeste de España.
Cuando un industrial se jubilaba era habitual que vendiese el fondo de las mercancías y su clientela. Esta compraventa llevaba aparejada la puesta en conocimiento de los vericuetos del negocio, la lista de clientes y la de los adeudos. La clientela de Fiofio la heredó don Jesús Gamallo, cuyo establecimiento se encontraba en lo que hoy es un edificio de aire modernista asentado en la esquina del Cardenal Payá con Huérfanas.
Pero Fiofio ocupa además un lugar propio en la novela porque allí fue comprado el instrumental que don Juan Roquer y Gerardo regalaron a Panduriño.
Lugín escribe:
«—[...] Podría retirarme ahora [dice Panduriño-Pulleiro] [...] pero hay que quitar todavía para el título [...] y para adquirir un modesto instrumental [...] que venden en el bazar de Fiofío».
Y después, en otra escena, prosigue:
«Al silencioso Pulleiro [...] [una] mañana feliz en que, al regresar de clase [...] recibiéronle los troyanos formados a la puerta de su cuarto [...] sonó de nuevo la marcha regia [...] y Pulleiro vio, atónito [...] una hermosa vitrina, tras de cuyos cristales brillaban pavorosos los instrumentos de un magnífico arsenal quirúrgico [...] entonces Roquer ofrecióle [...] una tarjeta en la cual [...] pudo leer [...] estas palabras escritas por el padre del madrileño, “al bravo Panduriño. Homenaje de admiración de sus amigos Juan y Gerardo Roquer.”».
El bazar deja así de ser un simple comercio para entrar de lleno en la vida de los troyanos. Como sucede tantas veces en la novela, un establecimiento real de Santiago se incorpora a la ficción y ayuda a reconstruir el ambiente cotidiano de aquella ciudad universitaria.
El propio nombre de Fiofio parece pertenecer también a ese mundo estudiantil. En el siglo XIX, el apelativo Fío-Fío pertenece al mismo universo que el Pío-Pío que, entre otros sentidos, recoge el dicho «estudiantes del pío-pío llenos de hambre y muertos de frío».
Os estudiantes composteláns, mentres murmuraban Pío-Pío, paseaban por diante da porta da tenda sen querer entrar, pois non tiñan sona con que mercar. Pois naquela tenda ó paso dun bisturí podíase facer trato dun regalo para a noiva. Esta situación nunca chegou a problema pois, ó escoitar esta chamada, o bo industrial, tal galiña clueca, e dende o máis fondo da tenda sempre respondía: «Fío-Fío».
Historias como la de Fiofio permiten comprender mejor el Santiago que sirve de escenario a La Casa de la Troya. Los comercios que aparecen en sus páginas no eran un simple decorado. Formaban parte de una ciudad universitaria en la que estudiantes, comerciantes, médicos, emigrantes y familias llegadas de otros lugares se cruzaban continuamente. El bazar podía proporcionar un bisturí al futuro médico, un regalo para la novia, ropa confeccionada o el baúl con el que alguien emprendía viaje hacia América.
Ese pequeño mundo comercial, hoy prácticamente desaparecido, es también parte de la Compostela que conoció Pérez Lugín y que permanece viva en las páginas de su novela.
Lucindo-Javier Membiela & Matías Membiela-Pollán