ALEJANDRO PÉREZ LUGÍN
compostela

RETÉN

15 de diciembre de 2015

Don Alejandro utiliza los apellidos, lugares de origen y oficios como apelativos, puesto que por medio de ellos nos indica la procedencia, precedencia y calidad de los personajes que incluye en su novela. Lo hace de forma regular aunque existen excepciones. Ciñéndome a la protagonista de La Casa de la Troya, Carmiña Castro Retén, el apellido primero indica su prosapia que en ciertos Castro de Galicia es de todos reconocida, y el segundo apellido, Retén, indica el lugar, el hidalgo lugar de su procedencia, el pazo de Arretén en las cercanías de la espléndida villa de Padrón.  

En España, la jugosa Pardo Bazán se sintió inmensamente feliz cuando arribó al estamento de su eterna aspiración, el de los títulos de Castilla; «Casta en fin, a la que accedió por derecho [...]» dice una autora olvidando que en la nobleza y en la monarquía el mejor derecho es una falacia. Esta autora, hagiográfica, debe desconocer tanto El tizón de la nobleza de don Francisco de Mendoza y Bobadilla, cardenal y arzobispo de Burgos, siglo XVI, como casi todo lo que escribió el insigne historiador y mi admirado amigo y maestro don Antonio Domínguez Ortiz. Es tan cierta la poética del libro El tizón de la nobleza que su recuerdo y su relectura ha perdurado durante siglos. En el XIX, un conocido catedrático de Santiago y amigo de doña Emilia escribe Refutación al tizón de la nobleza (1880). Este ensayista era el profesor Peña, que Lugín cita en su novela, y además estaba emparentado con el Padre Crespo que es uno de los genealogistas de referencia del noroeste de España. Abundando en este punto yo me quedo con la frase que tantas veces repite Martín de Riquer, afirmando que en cualquier árbol genealógico hay un poco de todo: caballeros, hidalgos, bandidos, ladrones, personas íntegras, y personas límpidas y de gran saber. Riquer viene a filosofar de la misma manera que el cardenal Francisco de Mendoza, cuya imagen de referencia era la de que en cualquier árbol familiar siempre se encontrará un judío colgado de una rama.

Valga aquí la banalidad de doña Emilia, la acomplejada doña Emilia, que al sentirse rechazada y rechazada por muchos de los grandes del Madrid del XIX deseó la posesión de un título de Castilla que en un tris tras y jugando al full cedió a su hijo Jaime que fue conde de la Torre de Pardo de Cela y que murió asesinado por las hordas rojas en la guerra civil del 36. Doña Emilia jugó con dos cartas marcadas. La primera lo estaba porque su árbol genealógico es irreal y la segunda porque le hizo el malavar al abúlico de Alfonso XIII utilizando entre otras quisicosas el no es para mí, es para él, es para mí, no es para él, para mi el pontificio y para el mi hijo el castellano, renuncio al pontificio, cambio, compro, veo y me quedo con los dos. Volviendo a Retén, la Pardo nunca tuvo un pazo de la categoría hidalga de Carmiña. Y además, ni don Laureano ni su hija necesitaban que un documento los reconocieran como Señores-de-algo, Hijos-de-algo, Hijosdalgo porque pertenecían al estamento más escogido de la hidalguía. Aquel que define a un Señor que pertenece a una familia, una estirpe, que desde tiempo inmemorial ha sido tratada como tal. Los otros dos casos son los de hidalgos de bragueta y los hidalgos por concesión real.

Venga también a este punto el hecho de que don Laureano de Castro era un coronel carlista y en la historia son muchos los casos de títulos carlistas que nunca han querido ser reconocidos por la rama isabelina que ocupa el trono español.

En fin, Lugín emplea el nombre de los estados que pertenecían a Carmiña, a Rosalía de Castro, como un apellido dentro de la costumbre que también defendía la Pardo Bazán y que era de uso en aquel fin de siglo. En este punto la novela de don Alejandro llega a tener ciertas connotaciones con una de Karr que se halla en la biblioteca Fembiella Art’s y que poseyendo unos encantadores grabados tuve la ocasión de leer hace varios años. Prosigo. La costumbre de rebautizarse con el nombre de los estados, de la finca o el lugar o el pazo propio, llegó de Francia como una costumbre que se legalizaba, o como un uso que dio lugar a situaciones muy chuscas e incluso de penoso latrocinio. En el país vecino el enviciado robón usurpaba el apellido o el escudo del estafado al despojarle de sus posesiones. Como ya escribí, Karr, en una de sus novelas del XIX, cita el caso de una de estas gavillas o familias de delincuentes. La casa de Rosalía de Castro de Murguía parece ser que cayó en las redes de una de estas bandas. 

 

Lucindo-Javier Membiela 

* Casa Grande de Arretén, donde nació la madre de Rosalía de Castro.

La comarca del Ulla, Iria Flavia y Padrón es una tierra al pleno de pazos o casas grandes; en el XIX, con ciprés o tejo, palomar activo, capilla y capellán.

 

Foto
La Casa de la Troya The House of Troy La Maison de la Rue de Troie La Casa de la Troya Edición Centenario
OBRA PREMIADA POR LA REAL ACADEMIA DE LA
LENGUA ESPAÑOLA
Edición de Lucindo-Javier Membiela
Ilustraciones de Cristina Figueroa

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