Texto y fotos: Javier F. Pollán
Borges pasó su última tarde en la librería Alberto Casares de la calle Suipacha (Buenos Aires), donde transcurre parte de la novela de Roberto Arlt Los lanzallamas. →
En 1935 Roberto Arlt viajó por España y Marruecos como corresponsal del diario argentino El Mundo. Por entonces era una pluma principalmente conocida por su labor periodística, y sólo algunas décadas después de su muerte se convertiría en uno de los nombres fundamentales de la literatura argentina del siglo XX. Como autor de las Aguafuertes porteñas, incisivas crónicas cotidianas de la ciudad de Buenos Aires, Arlt gozaba de amplia popularidad desde algunos años antes.
De su viaje trasatlántico nacieron las Aguafuertes españolas, editadas en forma de libro en 1936. En su viaje a España, Arlt se topa con una civilización ancestral de la provienen miles de compatriotas suyos. Un país con historia, con una tradición que le respalda, unas veces chocante y otras, fascinante. Un caso opuesto al de su patria; una nación nueva, receptora de miles de inmigrantes que ayudaban a forjar una identidad común a base de sueños individuales al otro lado del océano.
En su visita a Galicia escribió una serie de aguafuertes que se publicarían en un tomo en 1997. Fue gracias al argentino Rodolfo Alonso, poeta y traductor de padres gallegos, que lo relata así en la introducción del libro de Edicións do Castro: “por gentil mediación de Jorge Raúl Pérez, pudimos enterarnos de que durante ese mismo viaje, Roberto Arlt había visitado Galicia y enviado desde allí una nueva serie de crónicas: nada menos que sus Aguafuertes gallegas. Cuidadosamente recortadas y pegadas, sin duda por el fervor de algún paisano, esas páginas de hace más de medio siglo me llegaron ahora fraternalmente fotocopiadas, salvadas del olvido”.
Arlt nace en Buenos Aires con el siglo XX, en una familia de pocos recursos. Sus padres eran inmigrantes: el alemán Karl Arlt y Ekatherine Iobstraibitzer, proveniente del Trieste austríaco. El joven Roberto abandona pronto la casa familiar y se emplea en oficios diversos, pero enseguida se inicia en la literatura. Apadrinado por el escritor Ricardo Güiraldes –que falleció un año después– publica en 1926 El juguete rabioso, su primera novela. Para entonces ya había cumplido el servicio militar en la Córdoba argentina, donde conoce a su futura mujer, Carmen Antinucci y donde nacería su hija Mirta. En 1935 Arlt saborea el éxito gracias a sus aguafuertes. Alberto Gerchunoff, considerado el padre de la literatura judía latinoamericana a raíz de su obra Los gauchos judíos, de 1910, impulsó la el lanzamiento de El Mundo en 1928. Gerchunoff reclutó al joven Arlt, responsable en la época de la crónica policial en otro periódico. Sus artículos comienzan a publicarse sin firma ni título, y versan sobre aspectos de la realidad de Buenos Aires. Un año después ya aparecen bajo el nombre de Aguafuertes y firmados con su nombre. Arlt seguiría publicando estas crónicas casi ininterrumpidamente hasta su muerte, compaginándolas con la escritura de cuentos, novelas y obras de teatro. Su esposa Carmen muere en 1940. Arlt se casa más tarde con la secretaria de El Mundo, Elizabeth Shine, pero un ataque al corazón termina con su vida a los 42 años. Su hijo Roberto nacería unos meses después.
La prensa de la época se hizo un tímido eco de su fallecimiento. Unas décadas más tarde Arlt se convertiría en una de las grandes figuras de las letras argentinas.
Roberto Arlt patentó el aguafuerte como uno más de sus inventos, con los que trató en vano de enriquecerse hasta sus últimos días. Como género literario, el aguafuerte tiene claros precedentes. Pero adopta en Arlt unas características específicas, empezando por un nombre cuyo origen proviene del pintor, dibujante y grabador Guillermo Facio Hebequer (1889-1935). Porteño, aunque nacido en Montevideo, Facio Hebequer fue retratado en una de las crónicas arltianas y la biografía de ambos rioplatenses se entrecruza en las primeras décadas del siglo. Curiosamente, Facio abandonó el aguafuerte por el litograbado unos años antes de que Arlt comenzara su serie. Pero el escritor decidió denominó así a sus estampas, quizás como metáfora de un estilo que, como el ataque del ácido sobre el metal, representaba una aproximación mordiente y sin concesiones a la realidad.
Las Aguafuertes gallegas comprenden veintiuna crónicas, que incluyen impresiones sobre el paisaje, las costumbres o el modo de vida gallego y también sobre aspectos concretos de pueblos y ciudades como Vigo, A Coruña, Pontevedra, Betanzos y Santiago de Compostela. Es esta última la ciudad a la que el escritor dedica más artículos.
Las Aguafuertes constituyen una obra que trasciende lo literario por su valor como documento, como colección de retratos de Galicia en una época convulsa, irrepetible, mas no por ello exento de una cotidianeidad de cuyos detalles Arlt extrae las mejores observaciones. El autor es un extranjero en una tierra lejana y próxima a la vez. El Arlt hijo pobre de inmigrantes se enfrenta a un país tierra diezmado por la emigración como respuesta a la pobreza y la falta de perspectivas. Una realidad poliédrica a punto de precipitarse en una guerra junto al resto de España, y cuyos contrastes refleja el escritor portando una mirada limpia de tópicos, desprejuiciada y nada compasiva, que traduce en una prosa viva, en la que la experiencia precede a la reflexión. Resulta revelador el párrafo con el que Roberto Arlt inaugura la primera de sus aguafuertes:
Nuestro desapego por el trabajo físico es tan evidente que de él ha nacido la desestima que cierto sector de nuestro pueblo experimenta hacia la actividad del gallego. Convertimos en síntoma de superioridad la falta de capacidad. Razonamos equivocadamente así: "Si el gallego trabaja tan brutalmente, y no le imitamos, es porque nosotros somos superiores a él". En este disparate, índice de nuestra supuesta superioridad, nos apoyamos para hacerle fama al gallego de bruto y estólido, sin darnos cuenta que esa superioridad es, precisamente, síntoma de debilidad.
En la primera de las aguafuertes dedicada a Santiago de Compostela Arlt se da de bruces con la ciudad del apóstol. La piedra, la quietud, el espíritu invernal de un verano despojado de la vida universitaria y el peso de la religión causan un gran impacto en el escritor argentino.
SANTIAGO DE COMPOSTELA /
CIUDAD TRISTE, SIN ÁRBOLES, QUE SE ALEGRA EN INVIERNO BAJO LA LLUVÍA.
La Edad Media. Sí; la Edad Media con sus vastos lienzos de sombra y de piedra, tal la imaginaba, después de un cronicón y cerrar los ojos.
Invernal, ascética.
Galicia la bucólica, se borra en los extramuros pétreos de Santiago de Compostela. La violenta presencia de la ciudad medieval es tan intensa, que de pronto se experimenta el terror de olvidar que aún existen ciudades alegres en la tierra. Se gira la cabeza, con medrosidad, como si el mundo acabara aquí, en este confinamiento granítico, en el cual, a las tres de la tarde, podemos salir desnudos a la calle sin que nadie se entere. Las grises casonas de piedra, de tres pisos con vastas escaleras obscuras, parecen un pretexto para rellenar el espacio que dejan entre sí los cuarenta y seis edificios religiosos, monumentales, siniestros. Los comercios, bajo las torcidas recovas, cobran apariencia de madrigueras, muchos mostradores son de granito, y es inútil buscar muchedumbres caminando bajo sus arcadas pulidas por el viento o artesonadas. Soledad. Soledad de muerte, de despoblamiento, de tedio y de penitencia.
Digo que Santiago de Compostela enfría el corazón. Calles oblicuas y en pendiente, con nombres taciturnos: Angustia, Lagarto, Pescadería Vieja, Ánimas, Sal-si-puedes, Calderería. Monstruosos cubos de piedra, lisos, con altos ventanales enjaulados por cestones de hierro, puertas verdes, escudos de armas en las fachadas, retablos con niños desconchados, radiando saetas de oro muerto, vírgenes desteñidas a la grupa de un borrico, iluminadas a los costados, por fanales de hierro, suspendidos como ahorcados, de cadenas de hierro, y una mariposa ardiendo al sol en un vaso de aceite. Blasones, campanas que resuenan, truenos, pilares de piedra en el centro de las calzadas, desniveladas, rejas mordidas por el óxido de los siglos. En los huecos de los muros ciclópeos, imágenes de tortura y sufrimiento, atalayando una puerta verde. Frente a un fanal de hierro, un santo con una daga clavada a la garganta y la palma del martirio en una mano. Las gárgolas asoman horizontalmente de altísimos muros de piedra, cabezas de hiena en busto de mujer. Donde se mira, figuras abominables, enclaustradas, enrejadas como en leoneras, ataúdes de piedra, relieves de monjes con barbas anilladas que los asemejan a reyes asirios.
Ni un árbol
Entre la junta de los bloques de piedra, a veces una mancha, lila y violeta. Pompón siniestro que nace de una hierba. A los flancos de la catedral, se abre una plaza con una gradinata tan ancha, que parece entrar a un mar, y el mar es una llanura de piedra, y no hay un sólo árbol en este corazón de la ciudad señorial, y esta plaza, toda enlosada de piedra, y bloqueada por un largo muro de piedra, y por recovas en su frente: es la Plaza de los Plateros, con vidrieritas donde lucen sombrías talladuras de plata, relieves de motivos religiosos, y en lo muy alto del muy largo muro de piedra, ventanas tapiadas de puntiagudas mallas de hierro, y después que se baja una escalera de piedra, como cruzando un corredor, se descubre otra plazuela, también embaldosada de losas de piedra, y no hay un sólo árbol en ella, que lo verde pareciera sacrilegio aquí, que todo es de piedra, y en su centro una fuente de piedra con caballos de piedra, y las palomas picotean en la junta de las grandes losas, o en los ojos de las estatuas. Doquier se fija la mirada, hierro y piedra, y si se levanta la cabeza, no se distinguen copas de árboles, sino torres piramidales de piedra, ennegrecidas por el musgo y los detritos de los pájaros, y blasones cuarteados, de piedra, con horizontales coronas. Y el viento corre en este desierto de piedra, siniestro como si soplara en la ciudad de los espectros, que aquí los debe haber, entubándose bajo las bóvedas que techan las veredas, y las mismas personas se pierden como fantasmas bajo los arcos de piedra, porque las columnas, redondas o cuadradas, y los arcos de las columnas son de piedra, y el sol parece un sol de lluvia, un sol mojado y triste, venido quizá del purgatorio, de tan cruel manera, que los hierros verdes, y los faroles esquinados, y los monjes que se pierden tras las arcadas, y las manchas de sol lívido y el tañido de las campanas, nos hacen pensar en una humanidad consagrada exclusivamente a los trabajos de la penitencia religiosa, arrodillada, únicamente arrodillada.
La ciudad silenciosa
Y es inútil que los niños rían enmarcados por las ciclópeas arcadas, y es inútil que las mujeres pasen luciendo floreados vestidos; la muerte ha extendido de tal manera su imperio en Santiago de Compostela que las voces humanas resuenan extemporáneas, como la de los pájaros enjaulados, que cada vez que pían, desde su cárcel, nos recuerdan que no debían estar allí.
Silencio. No resuenan las bocinas de los automóviles, ni los altoparlantes de las radios, ni las membranas de victrolas, tampoco el shotis madrileño, ni el canto de los ciegos en las guitarras, ni las orquestas callejeras de judíos alemanes. Silencio, apagamiento, muerte. Dicen que Santiago, en invierno, se anima con la bulla de los estudiantes; pero es invierno, cuando en esta ciudad llueve días y días, hasta que la piedra de gris se torna negra, de manera que sí Santiago, ahora, en verano, es tan sombrío como un purgatorio, en invierno debe parecer un sepulcro, el sepulcro de los vivos.

Torre de los Ingleses o Torre Monumental (Buenos Aires, Argentina). →