Las sociedades de beneficencia creadas por los obreros y los jornaleros, apenas existían. La desaparición de los gremios había producido un vacío y las nuevas asociaciones entre los trabajadores manuales se percibían como reivindicativas. Era una posibilidad temible.
La agricultura, a causa de la desamortización había quedado desestructurada y las cofradías de todo el país fueron desapareciendo sin que ninguna organización viniera a sustituirlas.
Los pobres, los que andaban al jornal y los tullidos y los llagados y los enfermos diftéricos, sifilíticos y tísicos, debían vivir de la caridad pública. Que era mucha, que era cristiana, que era entregada, pero que no daba «para tanto vago» como afirmó un canónigo coleccionista en una crónica de un periódico de época.
Faltaban empleadores, la distribución, la exportación y una economía industrial que podría generar la plusvalía que sostendría a los accidentados, a los bienaventurados y a los vagos.
El dinero o la materia prima que se cobraba por los foros se empleaban en el consumo suntuario y la compra de tierras.
Una de las escasas mutuas que se fundaron en Compostela fue La Benéfica que inició su camino en 1879 y la Sociedad de Socorros Mutuos que se creó en 1857. La ironía es que en general nacían castradas porque los cargos honorarios estaban ocupados por la rica crema política de los Montero Ríos, García-Prieto... que eran unos próceres, suegro y yerno, que se pertenecían a la alta burguesía.
El resultado es chusco.
Las ideas liberales eran impracticables porque España no tenía una economía ni una sociedad sobre la que apuntalar su camino. La Invasión Francesa junto con la rapiña inglesa y después Mendizábal, con un antes y un desapacible después en Fernando VII, Madoz e Isabel II y Alfonso XII nos condujeron a un holocausto patrimonial y económico sin precedentes en Europa.
Todo se tensionó pero nada cambió. España comenzó a arder cual pólvora negra en olla cerrada.
La misma Iglesia, que en aquellas fechas vivía lastrada por el complejo romano, no desenroló su propia doctrina social. Se enchufó en sus madrigueras a las que les hechó el cerrojo y se puso a desmoronarse. Vivió agazapada. Sin paladines laicos y valedores que estuvieran dispuestos a derramar la última gota de su peculio, sangre e intelecto, por la defensa de sus principios y la de sus hermanos más necesitados: las prostitutas, los encarcelados, y en general toda la gente del cobre y del hierro. La filosofía burguesa comenzaba a imperar. Hacerse masón en la mayor parte d las ocasiones era una cuestión de estilo, pues sólo hay que repasar las listas completas de los socios para darse cuenta de los abundantes carentes que allí se manejaban. La gens malvivía y era reprimida. El señoritismo la temía y no le dejaba espacio... no fuera a ser que después de que levantara la cabeza cambiaran el orden preestablecido ciento y una vez, se destruyera la propiedad privada y la de los medios de producción; y mudaran las ya otra vez importadas costumbres extranjeras que como en otros tantos siglos tanto prometieron y engañaron a España.
Lucindo-Javier de Membiela Salgado.
Matias Membiela Pollán.