ALEJANDRO PÉREZ LUGÍN
compostela

CAMILO BARGIELA

30 de septiembre de 2013

El grande, disparatado y peculiar don Camilo Bargiela nació en Tuy en 1864. Estudió en Santiago, hizo cafés y tertulia en Madrid, estuvo destinado en la amada y bellísima Manila y fue cónsul en Casablanca en 1909.

Era moreno y portaba, cual dandi de cine mudo, un gabán bien rugoso y zurcido, la dentadura amarilla, el halito doce, unos bigotes de grandes guías y un bastón desgastado hasta la media caña. No más, porque el tabaco lo pedía y el recado de escribir le era servido en las horchaterías, las cervecerías y los cafés por donde como circo ambulante discurrió la tribu que en aquel tiempo amistó a Valle, los Baroja, Fernández Soler, Picasso, Sawa, y  Azorín. Aquel risueño grupo de los grandes que en bloque nunca fue admitido al Círculo de Bellas Artes, ¡para que no triunfaran!  

Bargiela es uno de los personajes en los que se basó Lugín para dar vida en su novela a Casimiro Barcala.

Bargiela era un hombre fuera de lo común. Una excepción. Pero nunca escribió una novela. Lo que no es óbice para que fuera un literato de enjundia y poseyera el don del relator y la empatía del cuenta-cuentos. Y para que en su plática oral y en su prosa siempre dancen los trasnos, as trouladas, y el aquí te cuento una cosa que está a medio camino de lo real, lo mágico, el espiritismo y el siempre, siempre, admirable modernismo. Tanto y cuanto que en algún relato, al fin impreso, me recuerda a Valle Inclán, a aquella Pardo Bazán sin estro poético alguno, a mi bien lejano pariente Unamuno y al sorprendente e insólito Gabriel Miró. Era un amante, un amador, de todo lo portullés y un apasionado de la obra, publicada, de Eça de Queiroz.

Murió en Casablanca el 2 de julio de 1910.

Lugín nunca negó la presencia de este insigne tudense en las aventuras relatadas en la novela. Incluso cita sus versos, «Vedle, el último romano...». Don Alejandro muestra en su relato La Troya y los troyanos, diferentes pinceladas, tal como la del bigotazo, que le sirvieron para componer el personaje de Barcala; dejando a un lado el incontestable animus justificativo que trasluce el relato por el cual don Alejandro se reafirma autor de la novela La Casa de la Troya. Véanse los epígrafes en los que escribo sobre la autoría de la novela y el extraño triángulo que en un momento dado formaron don José Signo, que le atribuía la autoría de la obra a Bargiela, el don Camilo Bargiela ya fenecido y el Lugín enfebrecido. Todos al tumultuoso compás de Filomena Dato Muruais, Prudencio Landín, Villar Ponte, Santos Correa, Casas, Sanz, Zamora, Méndez, Nieto y Borrás.

 

       

Don Camilo Bargiela (quinto de la fila superior comenzando por la izquierda) junto a otros literatos de la época.

 

Bargiela fue un estudiante, un chico-hombre, un eterno adolescente, un joven con el síndrome de Peter Pan, se diría hoy, que dejó una huella que será imborrable.

Don Camilo era seis años mayor que Lugín.

Don Alejandro Perez-Lugín, cuando se hace la fotografía de la Tuna de 1888, tenía 18 años y según el expediente académico del Archivo Histórico de la Universidad de Santiago, estudiaba Derecho.

Manolo Casás, también cita a Bargiela como precedente a Lugín y así cuando se hace la «veterana» foto de 1888 los comparecientes a la misma son: Bargiela, Pimentel, Tafall, Tallaide y otros.

Su expediente universitario nos concreta lo siguiente: nació el 25 de diciembre de 1864; fue bautizado cinco días después en la catedral de Tuy por el sacerdote Benito Martínez; fue hijo de don Manuel Bargiela y de doña Josefa Pérez; en 1883 obtiene la certificación oficial de estudios del Instituto de Segunda Enseñanza de Pontevedra y pasa a estudiar Derecho en la Universidad de Santiago.

Ya en Compostela y en el año 1888 era alumno de enseñanza libre por lo que solicita dar validez a sus estudios examinándose de las asignaturas de Derecho Civil (2.º curso), Derecho Mercantil, Derecho Internacional Privado y Derecho Procesal (de 1.º y 2.º curso). Obtuvo el Grado de Licenciado de Derecho 1889; expidiéndosele el título el 11 de septiembre de 1889.

Bargiela, que conocía el francés y el portugués, escribió Modernistas y anticuados, Luciérnagas (Madrid, 1900), Cuentos y Sensaciones. Estudiando en Santiago colaboró en el Café con Gotas y con posterioridad lo hará en El Hispanoamericano, en Ruta Nueva, en La Vida Literaria y en Arte Joven donde coincide con Pablo Picasso. En 1901, tradujo a Richepin y la obra La Reliquia de Eça de Queiroz. En 1904 entró en la carrera consular siendo destacado a Manila y a Masagen y con posterioridad a Casablanca, donde murió en 1910.

 

Una de las obras traducidas por don Camilo Bargiela, que hoy se encuentra en la Biblioteca Xeral de Santiago de Compostela.

 

Ricardo Baroja lo describe —en el Café Madrid de 1897— como un hombre huraño, fanfarrón, bigotudo, cetrino, diferente...; también escribió sobre su estrafalario vestir, sus evidentes atisbos de genialidad, y su histrionismo —bien que en aquel grupo de tertulianos nadie quedaba a salvo—.

Durante su estancia en Manila de 1904 a 1906, Bargiela fue amigo y compañero del médico del consulado quien, con motivo del incidente del plagio escribió a Lugín afirmando que durante toda la estancia del tudense en Filipinas y en todos los viajes que hizo nunca le habló de que se hallara en situación de escribir una novela; y mucho menos al modo de La Casa de la Troya.

Por otra parte. Manolo Casás, siguiendo a Caamaño Bournacell, escribió que Barcala, que en algún momento pudiera parecer Bargiela tal como ya lo hemos advertido, solapa en realidad la figura de Enrique Labarta Pose y es otro de los álter ego que utilizó don Alejandro; y Nieto Iglesias afirma que Barcala es en realidad Camilo Bargiela, «[…] por infinitas razones la identificación es casi total».

En fin y ya tangencialmente la estancia de Bargiela en Madrid tuvo la suficiente relevancia para que el escritor Azorín le dedicara un artículo en el ABC del 2 de marzo de 1947. Este escritor que en ningún momento se refiere al contencioso que tuvo la hermana de don Camilo Bargiela con don Alejandro, cita a don Armando Palacio Valdés como uno de los literatos de cabecera de Pérez-Lugín.

Para concluir, retornaré por un instante a su vida de estudiante de Derecho en Compostela. Camilo Bargiela fue conocido, muy popular y reconocido y bien notado cual hidalgo trasno, en el ambiente universitario y en la Tuna de 1888 y su conocido viaje a Portugal. El tudense era muy alabado por su capacidad para la improvisación de cuartetas e ingenio en los discurseos y los brindis.

Entre los versos que dejó escritos en el semanario compostelano Café con Gotas, recogemos los que siguen:

«[…] // Leí ayer su apasionada / carta con gran atención / y en ella no dice nada; / mitigue usted su pasión / y hable claro si le agrada / Es bella la poesía / Pero estoy ya de ella harta / Y no se gasta hoy en día; / Lo mismo opina mi tía / Que le enteré de su carta. // […].» (Versos del poema-epístola titulado ¡Oh el amor!, publicado por Camilo Bargiela en el Café con Gotas del día 11 de noviembre de 1888.)

«[…] // Me levanto enfadado, y aun soñoliento / tomo el mal chocolate de la posada, / Y recuerdo un detalle con desaliento; / ¡de la lección del día no estudié nada! // Al ir a entrar en clase, sin que se advierta, / Siempre con gran cuidado tiendo la vista / Y atisbo, por la puerta, si está entreabierta, / Para no entrar, si acaso no toman lista. // […].» (Versos del poema titulado ¡Qué vida!, publicado en el Café con Gotas del día 27 de febrero de 1887.)

 

Lucindo-Javier Membiela Salgado

Matias Membiela Pollán

 

*Extraído del glosario a la Edición Mayor de "La Casa de la Troya", de próxima publicación.

*Fotografía de Don Camilo Bargiela.

 

Foto
La Casa de la Troya The House of Troy La Maison de la Rue de Troie La Casa de la Troya Edición Centenario
OBRA PREMIADA POR LA REAL ACADEMIA DE LA
LENGUA ESPAÑOLA
Edición de Lucindo-Javier Membiela
Ilustraciones de Cristina Figueroa