Entre los muchos lugares reales que Alejandro Pérez Lugín incorporó al universo de La Casa de la Troya, las Mariñas coruñesas ocupan un lugar especial. Antes de la publicación de la novela en 1915, el escritor pasó temporadas en esta comarca y conoció bien lugares como Bergondo, Gandarío, A Lagoa y Sada. No se limitó a contemplar aquel paisaje: recorrió sus caminos, trató a sus gentes y utilizó los medios de transporte que comunicaban las pequeñas localidades de las Mariñas con A Coruña.
La fotografía que acompaña estas líneas muestra precisamente el coche de Agra, en el barrio de A Puente, en Sada. La imagen puede verse estos días en la XIII Exposición Memoria de Sada, que se celebra en la Casa da Cultura Pintor Lloréns de la villa. Era un carruaje de cuatro ruedas tirado por caballos que llevaba viajeros hasta A Coruña.
Pérez Lugín conoció aquel coche y dejó testimonio escrito de él en un artículo titulado «El coche de Agra», publicado luego en su libro La Corredoira y la Rúa (1922). Al hablar de la desaparición de la vieja diligencia ante la llegada del automóvil, el escritor recordaba su importancia para los vecinos y dejaba además un testimonio en primera persona: «Yo quise hacer el último viaje en el coche de Agra».
Lugín había recorrido, por tanto, aquellos caminos que conducían de A Coruña hacia Sada y el corazón de las Mariñas. El coche no transportaba únicamente viajeros. Su propietario recibía cartas, compras, cobros y todo tipo de encargos de los vecinos y, al regresar desde A Coruña, distribuía incluso los periódicos por las casas situadas a lo largo del recorrido. Era, en palabras del propio Lugín, algo más que un transporte: formaba parte de la vida cotidiana de la comarca.
Con el tiempo, Manuel Agra retiró la carrilana de caballos e incorporó dos automóviles, un Hispano-Suiza y un De Dion-Bouton. Era el comienzo de una nueva época, pero también el final de aquel paisaje de caminos, caballos y diligencias que Pérez Lugín había conocido personalmente.
De la experiencia real a la geografía de la novela
La relación con La Casa de la Troya aparece al situarnos en la geografía de la novela. Las Mariñas no constituyen en ella un escenario secundario o casual. Sada aparece citada en numerosas ocasiones y en sus proximidades sitúa Lugín el pazo de los Castro Retén, donde pasan la temporada de estío Carmiña y su padre, don Laureano.
La acción principal transcurre en los últimos años del siglo XIX, en un momento en el que los desplazamientos entre Santiago, A Coruña y las localidades de las Mariñas exigían combinar diferentes medios de transporte. El propio Lugín conocía perfectamente ese mundo. En su artículo recuerda también la célebre «ferrocarrilana» que comunicaba Santiago con A Coruña, aquella que llevaba, según su expresiva definición, «de la tristeza compostelana a la alegría coruñesa».
Es fácil reconocer aquí la geografía de La Casa de la Troya: Santiago, A Coruña y las Mariñas forman el espacio por el que se mueven varios de sus personajes. Carmiña y don Laureano deben viajar entre el pazo y otros puntos de ese territorio; y Gerardo Roquer, cuando acude a las Mariñas para encontrarse con Carmiña, recorre unos caminos que Pérez Lugín conocía por experiencia propia.
No puede afirmarse que Lugín quisiera identificar expresamente el transporte de sus personajes con el coche de Manuel Agra. Pero cuando escribía sobre sus desplazamientos por las Mariñas conocía de primera mano aquellos trayectos y los vehículos que los recorrían. Él mismo había viajado en el coche de Agra.
Lugín no construyó la Galicia de La Casa de la Troya únicamente desde el recuerdo o la imaginación. Muchos de sus escenarios, caminos, establecimientos y formas de vida procedían de lugares y ambientes que había conocido personalmente.
La vieja fotografía del coche de Agra no muestra solamente un desaparecido medio de transporte entre Sada y A Coruña. Nos muestra también uno de los coches en los que viajó Pérez Lugín por las Mariñas antes de publicar La Casa de la Troya y nos acerca a los caminos que después recorrerían los personajes de su novela.
Matías Membiela-Pollán