Una de las mejores maneras de comprender el Santiago que conocieron Alejandro Pérez Lugín y los estudiantes de La Casa de la Troya consiste en detenerse en sus calles y observar a quienes las llenaban de vida. La ciudad universitaria no era únicamente un escenario de clases, tertulias, cafés y rondas nocturnas; era también un espacio donde convivían decenas de oficios y artesanías, muchos de ellos hoy desaparecidos o profundamente transformados.
Aunque numerosos oficios ya han aparecido mencionados en distintos apartados de esta web, merece la pena reunir algunos de aquellos personajes que los troyanos encontraban en su incesante ir y venir entre la fonda, la Facultad, el café y el paseo. Conviene recordar que nos situamos en el período comprendido aproximadamente entre 1885 y 1914, los años en los que transcurre el ambiente de La Casa de la Troya.
Por las calles compostelanas era habitual cruzarse con el alimentista —así figura en la documentación de la época—, el vaciador o afilador, el barquillero, el castrador, el cerero, el cordonero, el deshollinador, el empajador, el estañador, el expedicionero de preces, el feriante, la fregona, el gorrero, el guitarrero, el mandadero, el partidor de leña, el polvorista, el repartidor de esquelas, la ribeteadora, el rosariero, el tachueletero, el tambor municipal, el tratante en barro, el zoquero o el zurrador, entendido este último como quien limpiaba y golpeaba alfombras, aunque los propios troyanos utilizasen el verbo «zurrar» con un sentido muy distinto cuando planeaban «zurrarles la badana» a los Maragatos.
Aquella era una ciudad donde el sonido del afilador, el pregón del barquillero, el paso del tambor municipal anunciando bandos o el ir y venir de los mandaderos formaban parte del paisaje cotidiano. Muchos de estos oficios eran ambulantes y sobrevivían gracias al contacto directo con los vecinos, mientras otros estaban vinculados al pequeño comercio, a la artesanía tradicional o a los servicios que demandaba una ciudad de intenso carácter religioso y universitario.
Los padrones municipales permiten conocer con bastante precisión cómo era la estructura profesional del Santiago de finales del siglo XIX. Según la documentación conservada en el Archivo Municipal de Santiago y los trabajos del profesor José Luis Pose Antelo, en 1875 las parroquias intramuros contaban, entre otros, con 71 abogados, 172 carpinteros, 224 comerciantes, 458 costureras, 1.358 jornaleros, 197 sastres, 1.017 sirvientes, 54 plateros, 41 médicos, 44 taberneros, 47 tenderos, 41 sombrereros, 20 confiteros, 20 chocolateros, 72 franciscanos, 43 presbíteros y 14 farmacéuticos.
Dos décadas más tarde, en 1893, el padrón seguía reflejando el peso de los oficios tradicionales, aunque comenzaban a apreciarse algunos cambios. Se registraban 41 guardas municipales, 69 estudiantes, 30 pintores, 24 molineros, 18 músicos, 17 pirotécnicos, 118 sastres, 306 labradores, 14 panaderos, 5 encuadernadores, 4 tipógrafos, 3 estanqueros, un dentista y un notario, entre otras muchas ocupaciones.
Estas cifras ayudan a comprender el mundo que rodeaba a Gerardo, Carmiña y sus compañeros de pensión. La Compostela de La Casa de la Troya era una ciudad todavía profundamente artesanal, donde el trabajo manual convivía con la creciente actividad comercial, la administración, la Universidad y la Iglesia. Muchos de aquellos oficios han desaparecido; otros han evolucionado con el paso del tiempo. Sin embargo, todos ellos contribuyeron a dar forma a ese Santiago bullicioso, humano y entrañable que Alejandro Pérez Lugín inmortalizó en una de las novelas más queridas de la literatura española.
Lucindo-Javier Membiela y Matías Membiela Pollán
Fuentes: Archivo Municipal de Santiago (AMS); José Luis Pose Antelo.